A algunas personas no les gustan los cactus, los identifican con incómodos, agresivos y hasta peligrosos (!). No le ven la utilidad ni mucho menos como elemento decorativo. Y realmente no son plantas para “cualquiera”. Hay que tener algo de sensibilidad o hasta intuición para comprender y apreciar a estas inusuales formas de la naturaleza.

A veces necesitamos un “primer contacto” con sus espinas para darnos cuenta que a los cactus no se les puede “manosear” como a cualquier otra planta. No solamente porque nos podría lastimar, sino porque el propio cactus pierde parte de su atractivo. Claro que esto no se aplica a todos los integrantes de la familia de las cactáceas. Hay muchas especies que carecen de espinas y en vez de éstas tienen pelos, lana, puntitos lanosos y hasta plumas!

Ahi llega el momento en que nos damos cuenta de que estas plantas no tienen nada de agresividad, sino sus espinas son parte de su método de sobrevivencia. Al enterarnos de que en realidad se trata de hojas modificadas durante su larga evolución y de que les sirven de defensa contra los animales herbívoros, para producir sombra sobre sus tallos, para protegerse contra el frío en las alturas inhóspitas y hasta para absorber agua de la neblina.

Estas cualidades realmente sorprendentes nos van demostrando que poseen una gran fuerza de adaptación y resistencia a las más severas condiciones climáticas. Y es esta fuerza y energía que nos impresiona cada día más. Ahi podemos observar a estas maravillas de la naturaleza con sus enigmáticas formas y estrategias para poder crecer y hasta florecer y reproducirse bajo las más adversas circunstancias.

Finalmente conseguimos comprender a nuestros “cactucitos” y empezamos a amarlos y apreciar como nos agradecen el buen cuidado con sus floraciones y, como no amar a unos “bebés de cactus” tiernitos y recién nacidos de semillas. Que felicidad verlos crecer!

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